Entrevista a Lourdes López

Lourdes López: «¡Si me viera los defectos, no saldría de casa!»

 Guerrera. En los 70 luchó por los derechos de los discapacitados. Hoy lo hace por su barrio, la Barceloneta.
–Empecé en la lucha de los discapacitados físicos en el año 1976. Hacíamos encierros para todo. Para pedir transporte público adaptado, trabajo… Piensa que en aquella época no teníamos nada. Nada. En la asamblea había gente muy inteligente, que venía de los movimientos universitarios y estaba muy integrada. Los discapacitados no vemos los defectos. ¡Si nos los viéramos, nos quedaríamos en casa, amargaditos! (Ríe. Lourdes siempre ríe).–¿Cómo llegó hasta el movimiento?
–Un día, en el Paral·lel, me dieron una octavilla y me dijeron, «Oye, ¿y tú por qué no luchas?». Empecé a leer sobre el tema, a tomar conciencia, y hacia allí que fui. ¡Y me integré al 100%! No tenía otra cosa que hacer.

–¿Al 100%?
–Sí. En 1978 nadie nos hacía caso y decidimos encadenarnos en la Rambla hasta que nos escucharan. ¡Vinieron los grises a cortarnos las cadenas y no sabían cómo cogernos! Piensa que nosotros en el suelo somos trozos de carne. No tenemos movilidad. Y hacíamos mucho cuento: «Ay, ay, ay, que nos haces daño». ¡Fue mortal! (Más risas). Teníamos eslóganes como «si tienes un hijo cojo, no lo tires, hazle un nudo y te saldrá cojonudo».

–¿Y funcionó?
–Madre mía, ¡claro! Mira Barcelona, es una de las ciudades más adaptadas de Europa. También logramos que por ley las empresas tuvieran la obligación de tener a un 2% de empleados discapacitados; y eso ya era un gran logro, porque en aquella época nadie quería darnos trabajo. Y es que no hicimos solo la acción de la Rambla, ¿eh? También nos plantábamos en el metro cada dos por tres con nuestras pancartas y nuestros chillidos para pedir la adaptación; aunque en esas acciones éramos menos. Mucha gente tenía vergüenza y miedo. Piensa que si venía la policía, no podíamos salir corriendo.

Lourdes sufrió una parálisis infantil a los siete meses. «No había vacunas para todos y mira… Casi todos los que tenemos parálisis infantil somos de esa época, del año 60 y 61, hasta que llegaron las vacunas», explica sin perder la sonrisa.

–¿Qué pasó en 1979?
–El Rey dijo que ningún español sin vivienda, y me lo tomé al pie de la letra. Nos enteramos de que en Sant Cosme había unas viviendas sociales vacías, le dimos una patada a una puerta y ocupamos un piso.

–¡¿Una patada?! 
–Sí. Nos ayudaron unos compañeros. Subieron por la galería y abrieron la puerta. A mí me fue muy bien allí. Vivimos desde el 79 hasta el 83. No teníamos ni un duro, pero me iba con todas las gitanas de allí al Pryca a pedir todo lo que se caía.

–No tenía trabajo, claro. 
–No. Tanto mi compañero como yo éramos discapacitados. Pero nos apañábamos. Con un cable, una vecina nos pasaba la luz, y con una manguera, el agua. Llenábamos unos bidones, y con eso hacíamos. Pero una de las veces me resbalé con el agua y me caí. Me hice daño en la pierna medio buena que tengo y me mandaron a hacer recuperación a Perecamps y allí conocí a un terapeuta ciego.

–¿Ciego?
–Ciego, ciego. Él fue quien me metió en la ONCE. Me propuso empezar a vender cupones, pero yo al principio no quería ni oír hablar de eso.

–¿Por qué no?
–Creía que era aún más discriminatorio. Nosotros luchábamos por trabajos normales. Pero hablé con mi compañero y vimos que quizá sí era una salida, así que acepté.

–Y aquí sigue, 30 años después.
–Sí. Vine a vender a la Barceloneta porque es mi barrio. Aquí estaban mis padres y conocía a la gente, y como me daba vergüenza…

–¿Vergüenza? 
–¡Claro! Aquí me sentía más protegida. Fue entonces cuando senté la cabeza y decidí tener un bebé. Y a los 10 meses me volví a quedar embarazada y opté por instalarme de nuevo en la Barceloneta, para que me ayudaran mis padres, porque con dos bebés y coja… Me mudé a una plantita baja, me acomodé con mi familia y mis cupones y abandoné la lucha.

–¿Abandonó? 
–Sí. Hasta que Emilia [líder vecinal más que estimada en la Barceloneta, fallecida en un accidente de tráfico] me lió. Siempre me decía «Nena, hem de parlar» . Un día vimos en los diarios el plan de los ascensores y nos pusimos a trabajar. En aquel momento éramos solo mujeres. No por nada, sino porque éramos las que estábamos en la calle y nos enteramos de las cosas. Ahora estamos a ver si paramos el disparate de los yates de lujo en la Marina del Port Vell.

Notícia extreta de El Periódico

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