Superbarrio, en la Barceloneta

Marco Rascón sube delante de mí las escaleras del metro en la Barceloneta y no lo reconozco. Mi cita es con Superbarrio y este señor regordete que impide que avance es para mí solo alguien más. Arriba, un amigo me espera. Me sorprendo cuando, antes de que mi amigo me vea, yo lo veo a él que saluda al anónimo panzón. ¿Este es el héroe que durante años ha movilizado a miles de mexicanos a través de la Asamblea de Barrios contra autoridades corruptas y caseros voraces? Solo con un saludo, y aún sin vestirse con su traje de luchador mexicano, me doy cuenta de que hombre y enmascarado son la misma entidad. Al «¿cómo está?», le sigue una afirmación contundente: «Cuando todo está tan mal, hay que volver a salir a la calle».

  Marco Rascón, caracterizado de Superbarrio, camina por el paseo de Joan de Borbó.

Superman nació en Nueva York y combatía las fuerzas del mal. Superbarrio nació en México, en 1987, y durante años se dedicó a defender el derecho a la vivienda. Un día estaba en el barrio de Tepito luchando contra el desalojo de unas familias pobres y al otro, en el Zócalo manifestándose contra el proceso especulativo que sufre el centro de la ciudad y que ha expulsado a los hijos de las vecindades.

Hace una década, reconoce, colgó el traje en el armario y se refugió tras los fogones de los tres restaurantes que regenta en la ciudad de México. «Los únicos que no son territorio Slim», haciendo alusión a la cantidad de restaurantes que tiene Carlos Slim, el magnate mexicano y el hombre más rico del mundo según Forbes. ¿Por qué ahora se ha vuelto a poner la máscara? «Esto ya está podrido. Hay que empezar de cero», reclama.

Camina por la avenida de Joan de Borbó, enfrascado en una charla que recorre los monopolios de la telefonía, del cemento y de las televisiones en México; la privatización de la salud en el mundo; la crisis de valores de la humanidad. Al rato, en este mismo barrio, subirá hasta un séptimo sin ascensor y se pondrá las mallas rojas en un micropiso de 20 micrometros cuadrados y cuyo alquiler es de 450 euros al mes.

Ya vestido como Superbarrio, la primera persona que se topa en la calle es Paco Moya, vecino y miembro de la asociación de vecinos L’Òstia. La charla sale espontáneamente. No cada día uno se topa con un enmascarado de rojo. «¿Y usted?», pregunta Paco. Y Superbarrio le habla de los derechos de los vecinos a tener una vivienda digna. Moya lo invita a L’Òstia.

En la calle de Vinaròs una chica, cara de indiferencia, ni se inmuta cuando se cruza con él. Cerca del mercado, una pareja lo confunde con El Santo, el viejo luchador mexicano, este de ring.

Algunos se animan a preguntarle quién es. Y, entonces, Superbarrio les cuenta de las desigualdades e injusticias mexicanas. Quien más quien menos le replica que por estos lares las cosas tampoco están bien. A Barcelona, llegó invitado por The Influencers.

Un grupo de marroquís le preguntan si es «realidad o fantasía». Hace rato que él me ha preguntado a mí cuál es la diferencia entre realidad y fantasía. Y, lo mismo que a mí, les dice que para él es lo mismo.

Notícia publicada a El Periodico

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