MINISTERIO DE LA VIVIENDA VISIBLE (POR LUIS ANTONIO TORRES MORENO)

CALDODECULTIVO MAGAZINE: Nº 4 (JUNIO DE 2008)

Simón se contempla en el espejo. Observa su brazo tatuado. El resto del cuerpo es invisible. “Soy un brazo”, piensa. Mientras se lava, el brazo parece ensayar para un teatro de sombras chinescas. Cuando termina, rodea todo su cuerpo menos el brazo con una venda. Después se coloca unas gafas de sol, una gabardina -sin una manga- y un calzado deportivo. Sale del barracón en el que vive. Monta en bicicleta, toma la carretera y, pasada media hora, llega a la metrópolis. Allí los edificios están sucios y atestados de inquilinos. En todos los balcones hay tiendas de campaña. Coches y plazas son el hogar de muchas familias. Cualquier resquicio es bueno para vivir. Multitudes cubiertas por vendajes recorren las avenidas, como si la urbe fuera una gigantesca sala de traumatología. Los jóvenes como él pueden enseñar un brazo desnudo, las chicas, seductoras piernas, como cabareteras. Los mayores muestran medios cuerpos. Los ancianos, sin vendas, tienen visible toda su anatomía. La pasean vestida con trajes de plástico transparente.

Simón se detiene en la avenida de los Ministerios. Se siente perplejo. No hay ningún edificio, únicamente solares vacíos rodeados de jardines. “El privilegio del poder”, piensa. Patrullas de policías vigilan que nadie acampe. Simón entra en una cabina telefónica y llama al Ministerio. Comunica. Al quinto intento escucha una voz robótica:

-Ministerio de la Vivienda Visible. ¿En qué puedo ayudarle?

-Quería entregar la solicitud de vivienda visible, pero no encuentro el Ministerio.

-Encontrará un buzón con el número 34 delante del solar del Ministerio. Deposite ahí su solicitud. Gracias.

Simón se dirige al solar. Un buzón amarillo con forma de alfil tiene pintado el número 34. Deja la solicitud, pero no se fía. El documento es demasiado importante como para abandonarlo allí, a la suerte de mil percances. Toma nota de los horarios y días de recogida. Después regresa a la fábrica.
Cuando llega el cartero, Simón le está esperando. El cartero recoge la correspondencia, la mete en una maleta, monta en su bicicleta y continúa la ruta. Simón le persigue disimuladamente. Después de torcer por varias calles, el cartero se detiene, deja la bicicleta y se mete en un bar.. Al cabo de un rato sale un hombre de la estatura del cartero, pero con otra vestimenta y una mochila. El olfato detectivesco de Simón nota algo extraño. Decide seguirle. El sospechoso camina por varias callejas hasta que entra en una frutería. Unas cincuenta personas aguardan delante de la tienda, pero le abren paso.

-¿Qué pasa?- pregunta Simón a un individuo que luce dos brazos color canela.

-Esperamos la confirmación de entrega de la solicitud.

-Entonces está aquí el Ministerio. ¿Cuánto tiempo hay que esperar?

-Hasta que tienes los dos brazos. Con mi sueldo he tardado diez años.. Los que tienen mejor paga tardan unos cinco.
De una ventana del edificio de la frutería surge una cabeza sin vendas. Comienza a arrojar papeles por los aires. “¡Aquí están las solicitudes confirmadas!”, grita. La gente alza los brazos a la espera del maná.. Los papeles planean hasta aterrizar en el suelo. El gentío vocifera y da empujones buscando su solicitud. Simón, cansado, regresa a la fábrica.. Falta poco para que empiece el turno de tarde.
Simón trabaja en una fábrica de ladrillos. Cada vez que precinta un palé respira hondo. Sueña que algún día uno de esos ladrillos lo utilizarán para construir su casa. Quizás dentro de cincuenta años. cuando los ahorros le permitan hacer visible todo su cuerpo. Entonces, si ha hecho las gestiones pertinentes, tendrá derecho a una vivienda propia cedida por el Estado. Cedida hasta que muera.

Acabado el turno cena en el comedor. Cuando termina se dirige al jefe de planta. Éste le entrega la mitad del sueldo semanal en billetes y la otra mitad en una caja con siete píldoras. Vuelve al barracón y se acuesta en la litera. Ingiere una pastilla. Después se desenrolla las vendas. Observa como en el hombro le ha crecido un milímetro más de piel. Se relaja y sonríe. Varios compañeros están fumando. Expulsan el humo sobre sus cuerpos invisibles, mostrando unas siluetas vaporosas. Otros cantan canciones acompañados de una guitarra. Son melodías nostálgicas. Añoran un hogar, como antiguos marineros en una larga travesía, pero a diferencia de los navegantes, ellos nunca tuvieron uno; añoran la oportunidad futura.

Article aportat per VEI

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