LAS ESQUINAS DEL TIEMPO: Donde acaban la gamba y sus reyes empieza la Barceloneta real, empeñada en no perder sus maneras (1ª PARTE)

V.E.I
VÍCTIMA
ESPECULACIÓN
INMOBILIARIA

Arturo San Agustín, 28 de febrero del 2003 (número especial del diario “El Periódico” por el 250 aniversario de La Barceloneta)

“Maaaaaa”. La Barceloneta siempre ha gritado. Lleva gritando desde hace 250 años. Vicenta Puig, la madre, 82 años, es el barrio que fue, el que ha visto desaparecer al 25% de sus habitantes, muchos de los cuales, mayores, han perdido su poder adquisitivo. El hijo, Vicenç Forner, 53 años, forjador y escultor -el del grito- es la Barceloneta que quiere seguir siendo, la que sabe que es mejor una galera que una langosta.

Menuda, siempre sin frío, Vicenta cuenta que el balcón es su jardín. Balcón que da a la calle Pescadors y desde el cual orienta incluso a los turistas que buscan la paella buena. Cuando la casa es demasiado pequeña, la esquina y el balcón florecen y nace el barrio.

En la Barceloneta los quarts de casa no medían lo que cuentan los cronistas sino sólo 28 metros cuadrados habitables. Y en ellos intentaban vivir seis o siete personas, El balcón era lugar de observación y tenderero que, si podía, colgaba en él la mejor lencería para que el vecindario tomara buena nota de que en aquella casa había dinero. Balcones hubo en el barrio que presumían de mantelerías que sólo se usaban para colgar de los alambres y que nunca conocieron una mesa. El balcón era y sigue siendo femenino. La esquina, masculina y fumada. En la Barceloneta, como en el tango argentino, la esquina veía crecer a los cachorros y se apiadaba de ellos. Arriba, alrededor del farol, revoloteaban los murciélagos del verano. Abajo, en las esquinas, los cachorros con acné se enamoraban de la muchacha morena y azul que llevaba la lechera en la mano y nunca sonreía.

Ahora ya no hay esquinas sino coches, pero en los 1970 la esquina imitaba la postura y zapatos de Gianni Morandi y sabía que Miguel Membrado, Mimen, le cantó con su voz de tenor lírico aficionado incluso a cierto obispo auxiliar de Barcelona. Mientras una periodista italiana acaba de adquirir un piso en el barrio y un arquitecto norteamericano ha hecho lo propio, Pura Tuñón, propietaria de una lavandería que fue antes glorioso lavadero, observa con ojos de luto, frío y espanto cómo le están tapiando la vida.

Pero la vida sigue. En la Salle Barceloneta suena la voz de tabaco del hermano Fernando Larrea, que ha regresado. Fue uno de los tres mosqueteros que se las tuvieron tiesas con Richelieu para que el barrio obrero pudiera estudiar bachillerato; barrio que, ahora, habla también árabe y usa bigote paquistaní. Y que sigue cantando chirigotas cuando llega la segunda pascua. Son 25 las corales que aún entonan. Como la All i Oli, que tiene su sede en el bar Rossinyol.

Buenaventura Durruti, héroe del pueblo y de Evarist, el hermano de Paco, sigue también controlando desde una pared a los clientes de Casa Emilio. Y a Pepe Rubianes y al solidario Mosén Pau. Es en este bar -que se despierta a las 4 de la mañana- donde recalan los pescadores antes de embarcarse. El Bulto, obrero a ratos y príncipe de vagabundos siempre, ya no se sienta frente al mismo. Murió. Al Bulto, sus familiares de Málaga se lo llevaban para allá, para su pueblo, para su pescaíto frito, pero al mes ya estaba nuevamente sentado en su banco. Regresaba andando y libre.

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