El chantaje del ladrillo feroz

Ahora, que llegó el invierno, ¿debe la hormiguita Estado alimentar a la cigarra inmobiliaria? ¿Deben pagar con sus impuestos las familias, las mismas que ya sufren las hipotecas, los errores provocados por la voracidad inconsciente de los que dispararon los precios de los pisos durante la burbuja? ¿Se merece el ladrillo tanta clemencia? Sin duda, los empresarios del yate y el avión privado no. Pero, ¿y sus escudos humanos? ¿Y sus trabajadores y demás víctimas colaterales?

El dilema no es sólo moral, también técnico: ¿sirve de algo mantener artificialmente con vida al ladrillo en un país donde la especulación inmobiliaria ha dejado cientos de miles de casas vacías y un litoral adosado? Obviamente, a largo plazo no. Pero, ¿se merece el ladrillo una muerte digna, lo menos dolorosa posible, aunque sólo sea por el bien del resto de la economía?

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